SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, obispo y mártir
Miércoles, 17 Octubre 2018, 05:00 - 23:00
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Ignacio ya era un hombre de setenta años y había sido obispo de la comunidad de Antioquía durante cuarenta años, cuando fue sentenciado a ser arrojado a las bestias en el anfiteatro flaviano de Roma.
En su juventud había sido discípulo del apóstol Juan. El amor del discípulo amado de Cristo había encontrado un digno sucesor.
Ignacio anhelaba la muerte de los mártires. Sufría mucho con la arbitrariedad de los guardias, ya que en sus cartas compara a los soldados con "diez leopardos que cuanto más se pro-cura apaciguarlos, más feroces se vuelven".
SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, obispo y mártir, 107Después de un largo viaje por mar, alrededor de las costas de Asia Menor, llegó finalmente, más muerto que vivo, a Esmirna. La escolta requería un descanso e Ignacio tuvo permiso de hospedarse en la casa de su amigo Policarpo, obispo de Esmirna. De inmediato acudieron de-legaciones de las comunidades cristianas de Asia Menor, sacerdotes y seglares, para recibir la bendición de Ignacio y para encomendarse en su oración.
Los cristianos se encontraron con un anciano cuya fuerza física estaba quebrantada, pero cuya mente no se cansaba de suplicar que se evitaran, a toda costa, los defectos que corroen a las comunidades: las disputas, el espíritu de sectarismo o división y la rebeldía en contra de los superiores eclesiásticos. Insistía, finalmente, en que perseveraran en la fe legada por los apóstoles, a pesar de los ataques del paganismo y la herejía.
Ignacio sabía exactamente que sus últimas palabras nunca serían olvidadas y que aun los hijos y los nietos de aquellos hombres las recordarían. Se habría sentido un mal sembrador, si no hubiera agotado las últimas posibilidades en su trabajo apostólico.
San Ignacio no se dio por satisfecho con la palabra hablada, sino que la cimentó con cartas que dictó muy de prisa. Exhortaba a las comunidades a perseverar en la unión del culto divino y de la doctrina católica. Prendas de esta unión son la Eucaristía y el vinculo con el obispo de Roma. Por esta razón San Ignacio exigía obediencia a la Iglesia romana, ya que ésta es la nombrada a presidir "la unión del amor".
San Ignacio envió a la Iglesia de Roma el mensaje mas hermoso. Se le había hecho saber que tratarían de conseguir una atenuación de su sufrimiento o hasta una suspensión de la sentencia de muerte. Su respuesta fue una vehemente súplica de no impedirle el cercano regreso a Dios: "No me manifiesten favores inoportunos dejen que yo sea un alimento para las bestias porque quiero ser trigo divino y tengo que ser molido por los dientes de las fieras".
Ignacio había tenido la esperanza de poder desembarcar en Putéoli, como Pablo lo había hecho antaño pero su barco se dirigió a Porto, cerca de Ostia. Allí lo estaban esperando las de-legaciones de la comunidad romana. Le dieron el beso de la paz y, orando lo acompañaron en su camino rumbo a la muerte. El mismo día de su llegada a Roma, fue despedazado por los leones, este gran confesor.
El año del martirio del santo es difícil de determinar; fue sin embargo, entre los años 107 y 117. Entre aquellos, que bajo Trajano sacrificaron su vida por la fe, Ignacio era indudablemente la personalidad más importante.
Ignacio de Antioquía murió en el Coliseo de Roma que todavía hoy en día sobresale por encima del conjunto de las casas romanas con sus enormes bóvedas y arcadas. Un escritor de nuestra época lo ha nombrado "el gran matadero porque en esa arena fueron derramados ríos de sangre: sangre de animales salvajes perseguidos sin piedad hasta la muerte; sangre de gladiadores que tenían que luchar el uno contra el otro hasta la muerte, sangre de cristianos, tanto de hombres como de mujeres, que allí confirmaron su fe con la muerte.

ORACIÓN COLECTA
Dios eterno y todopoderoso, que has querido glorificar a tu Iglesia con el testimonio de los mártires, concédenos que el glorioso martirio que mereció a San Ignacio una corona inmortal, fortalezca cada vez más nuestra fe. Por nuestro Señor Jesucristo... Amén.

"Haciendo el Vía Crucis en el Coliseo de Roma, estamos también sobre las huellas de Cristo, cuya cruz encontró sitio en los corazones de sus mártires y confesores. Ellos anunciaban a Cristo crucificado como 'poder y sabiduría de Dios' (1 Cor 1,24). Tomaban cada día la cruz en unión con Cristo (Cfr. Lc 9, 23), y cuando era necesario morían como él en la cruz o morían sobre la arena de la Roma antigua, devorados por las fieras, quemados vivos o tortura-dos. El poder de Dios y la sabiduría de Dios, revelados en la Cruz, se manifestaban así más poderosamente en las debilidades humanas. Ellos no sólo aceptaban los sufrimientos y la muerte por Cristo, sino que se decidían como él por el amor a los perseguidores y a los enemigos. 'Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen' (Lc 23, 34)".. Juan Pablo II, alocución al terminar el Vía Crucis del Viernes Santo, 1979.